Tras un día perfecto, tras un fin de semana perfecto, de paseo, de vuelta a casa, junto a la rivera del río, me entran ganas de escribir todo esto en francés. Escribir en las paredes, o en mi cuaderno. Al final, empiezo por llevarlo todo en mi cabeza y, ahora, lo dejo aquí. Como un recuerdo.
Es un recuerdo.
Había pensado en llamar a este post algo así como Momentos de catarsis -porque lo son; pero lo descarto, porque me suena indebidamente hortera; hemos padecido demasiadas campañas de publicidad-.

En una intimidad maravillosa, me enciendo dulcemente y me convierto en una pequeña luz que se refleja en el agua, completamente negra. Las farolas me pasan por los costados, siguiendo el ritmo, los ritmos que alimentan el alma al escuchar una canción.
Son estos momentos en los que uno sí puede creer en el alma, o creer, al fin y al cabo, en que creer en el alma merece la pena. Como al mirar y quedarse dentro del Angelus, de Millet.

Sigo en la cabeza con mi letra, la de la canción que dice ...pero yo quiero vivir..., pero aún no la he terminado, aún no he hecho más que tararear la música unas cuantas veces, imaginar cuando no se oye más que la voz y cuando estalla la guitarra, después de esa frase, después de cuando la voz calla.
Pero no puedo idear más ritmos ahora -entonces- que el que se hace dueño de mi cabeza, en la que late todo el tiempo, no sé: los dos últimos días, o los dos últimos años.

Me imagino que un río salado sale de mi. Puede que, poco a poco, no sólo me lo imagine.
Pienso en todos los héroes románticos que conozco, desde Jorge Manrique hasta Casper, el fantasma cabezón -hago un aparte sobre esto, para no mezclar luego cuando lo escriba; me parece, no obstante, que se ha mezclado; bien-.

Vuelvo a Nantes, o quizá a París; por hoy, no puedo envidiar a quien tenga el Sena para pasear, porque yo tengo mi vida y, resulta, los paseos junto al río aquí, son junto al Mazanares. E, igual que no depende el destino de la apariencia, por poner como ejemplo un par de parámetros, tampoco depende la felicidad de nada, salvo de lo que se hace para ser feliz. Y yo siento, en ese momento, y lo vuelvo a sentir ahora -y la catarsis, atenuada pero reafirmada, se repite- que yo lo he hecho todo para ser feliz, para eso he hecho todo y, bueno, he tenido mucha suerte.
Porque me ha salido bien.

:-) Muchas gracias.