Hoy me he cruzado con una chica que fue mi amiga. Todas las veces en que nos habíamos visto antes, nos habíamos saludado. Supongo que es la primera vez que ella no me reconoce.

Recuerdo que, cuando nos conocimos, ella era una chica joven y radiante por la que beber los vientos como sólo puede hacerlo un joven poco radiante -y poco más que adolescente-; es decir, con poco poquísimo éxito. Además, era una chica de familia económicamente media y culturalmente humilde, que había tenido una educación más esmerada de lo que ese origen, en principio, tiende a procurar. También era una chica que se sabía guapa y que ejercía de guapa cruel.

Tiempo después, tras poco más de un año sin vernos, una apisonadora de porros y copas había pasado por el encanto de aquella (casi) niña. Era una joven que lo parecía menos, con un novio portero de discoteca y un deterioro en la expresión que, a gritos sobre la música y para mantener una conversación de barra, tampoco debía de ser un problema.
Cuando uno se abona a un medio en el expresarse mal es lo correcto, qué rápido se pierde la capacidad de comunicarse bien. Y qué triste es eso.

Un año, o más bien dos, volvimos a coincidir, en un vagón del metro. Ya no quedaba nada del primer brillo en ella, pero parecía haberse despejado también gran parte de la oscuridad mate posterior. Aquella joven había engordado, eso le habría llevado, probablemente, a recibir menos atenciones, o atenciones menos indiscriminadas, y eso, al parecer, le había conducido a su vez a buscar la empatía por la vía de la simpatía: buena cara por adelantado, menos expresiones de pasota pasada y, en general, la impresión de haberse transformado en alguien que podría pasarse el resto de su vida en las terrazas y las tabernas de las dos o tres manzanas más próximas a casa y, en ese ámbito, encontrar amigos, conocidos y un montón de saludos sonrientes. E incluso alguien con quién pasar las fiestas de Navidad y Fin de Año.
Lo cual, según, puede ser hasta un avance.

Hoy no nos hemos saludado. Esta antigua amiga, a la que haría dos o tres años que no veía -después de la anterior charla en el metro, sí que nos habíamos cruzado bastantes veces por la calle-, ahora está más delgada y ofrece un aspecto más saludable; la niña bonita que, en su día, dejó de ser, esa no volverá, pero ha vuelto a ser una chica más guapa que afeada. Ahora lleva gafas de pasta, ropa a la moda -ir a la moda de cada temporada es, merced a H&M, casi la manera más barata de ir, después de ir desnudo-, y habla como hablan aquellos que, sin una expresión rica, que haga disfrutar con sólo oírla, se defienden bien en contextos sociales poco exigentes, de personas que -como era el caso de hoy: ella y sus amigos, que han ido andando a pocos metros de mi durante un buen trecho- pasan sin dejar huella a aquellos a los que, los adornos, casi sólo nos gustan cuando son mil veces multicolores, soleados, perfectos en su preciosidad sencilla; o bien son... como sean, pero trascienden su forma porque se les sale por los cuatro costados todo el valor sentimental que llevan dentro.
Ninguno de esos atractivos ha saltado a mi vista, ya, esta tarde. Así que, según he ido archivando unas cuantas impresiones para poder alargar innecesariamente este texto, he ido borrando de mi memoria todo lo demás.
Salvo una impresión que ha aflorado, que nada sustantivo tenía que ver con ellos, con mi ex-amiga y sus amigos presentes. Sólo, si acaso, la circunstancia.

Lo que he pensado, en síntesis, sólo tenía que ver con el cambio, y con el tiempo.
Y en síntesis, lo contaré en otro momento.