Lo que, en película y en castellano, se llama 'Lo que Queda del Día', en novela y en inglés se titula, más prosaica -y, por eso mismo, más poéticamente- 'The Remains of the Day'. O sea, los restos del día.

Ahora son pasadas las tres de la madrugada y, creo, al día ya no le quedan restos que aprovechar sino que, más bien, estoy comiéndome por adelantado las horas (de descanso) del día siguiente.
Ahora mismo podría empezar a aprovechar y desechar restos de los que me quedan por aquí, en el blog, en forma de borradores que, muy probablemente, sigan siendo borradores hasta que lapidario deje de ser un blog vivo y que, por lo tanto, como borradores se eternicen en su inexistencia. Ahí quedan, existen, pero sólo en una especie de limbo en el que son restos sin provecho ninguno. Su utilidad no fue sino la de se apenas escritos para, después, ser profusamente olvidados.
Así les pasa también a muchos poemas. ¿Será que, una vez más, algo tan prosaico como un borrador es, por ese prosaísmo tan real, tan vital, lo más poético que uno puede dejar escrito?
Paradojas sonoras aparte, no lo creo.

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He estado pensando, valorando la conveniencia -hace un rato- de deshacerme de algunos restos, no borradores, no inmateriales, sino físicos, tangibles, papeles, papelotes y papelajos, de los que acumulo, por ejemplo, en el interior de revistas completas tan inservibles como los recortes que, en verdad, no marcan ninguna página, aunque lo parezca.
Hay, en concreto, alguna cosa que debí de guardar porque me cabreaba. Debería tirar eso ya. Pero no, no voy a hacerlo.
Hoy ha sido un día muy bueno. He pasado un buen rato escribiendo sobre los videoclips del gran Nick Cave. No necesito liberarme de ningún peso muerto.
Y otro día, quizá, sí. Para entonces es para cuando hay que dejar acumulados todos esos trastos, las palabras mal dichas, las fotos ofensivas, la mierda. Para tirarla y negarse esa carga. Y salir volando, aunque sea hasta tocar el techo.

Así que, papelotes, papelajos y hasta papelinas, guardados hasta más ver.

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La prosa lo es todo. La vida, la realidad.
La poesía debe de ser -al menos en parte- negarla, no conformarse con ella. Pese a saber que, fuera de ella, sólo aguarda la muerte.

Tirar papeles es un estado intermedio, un tránsito.
Como dormir.
Ahora me voy a dormir: tirar papeles, seleccionar recuerdos, negarse a uno mismo, soñar así y, también, dormir aunque no se sueñe -o no se recuerde lo soñado- es como volar hasta el techo. Y descubrir que no hay techo, y seguir...

Ya está bien por hoy. Se acabó el turno de la prosa. Toca dormir, y poesía.
:-)