Me decía hace unos días un buen amigo que por qué no escribía un blog normal.
¿Qué es un blog normal?

Supongo que cuando tecleaba, quizá comulsiva, pero también amorosamente para alcachofazul , me estaba haciendo un blog a medida. A mi medida en aquel tiempo. No creo que fuese un blog normal. Tampoco que fuese todo lo contrario. No lo sé, porque aún no tengo respuesta para la pregunta...
¿Qué es un blog normal?

Según mi amigo es, normalmente, una página personal, en la que uno cuenta cosas de su vida y/o comparte aficiones, hobbies, pasiones, a veces con el ánimo de crear opinión aunque, normalmente, con la posiblemente más noble -por modesta- intención de dar a conocer lo que nos gusta, o criticar lo que nos disgusta. Darse y dar a conocer.
Bien.
Entonces ¿no es lapidario un blog normal?

Hablo de lo que me gusta, comparto pasiones y hago recomendaciones, sobre todo musicales. No comento por ahí, apenas siquiera a pie de post en los blog que leo siempre y constantemente; no comento y, en consecuencia, no recibo comentarios. Una amiga hizo hace no demasiado un somero y profundo análisis de esta cuestión, la correspondencia de comentarios y... si encontrase el enlace, lo añadiría aquí inmediatamente.
Quizá en otro momento, más adelante.

¿Es posible que lo que me separe de la normalidad bloguera no sea sino el negarme a hablar de mi vida? En ocasiones -en lapidario, en ocasiones; antes constantemente- he transgredido esa regla que me he dado, básica, incluso aúlica, a mi mismo. Sin embargo, a la vez la he acogido con convencimiento, y la he asumido como lo normalpara mi, lo que debe ser. Y eso me ha llevado a mantener un espíritu crítico con lo que elegía contar y, sobre todo, un estilo críptico al contarlo.
¿Ha sido por eso, la separación?

No. No lo creo. Creo que, seguramente, no.
Me gusta la sugerencia, por oposición al dedo que señala. Aunque en ocasiones me gusta al dedo que señala -si me gusta lo que señala y cómo lo señala-, por oposición a la sugerencia que no sugiere, al criptograma que dice aún menos que el silencio. Me gusta pensar que, de vez en cuando, logro que alguien que me lee y no me entienda, sin embargo, entienda y reciba, y comparta, más allá del texto, lo que estoy intentando transmitir.
Otras veces, simplemente me gusta que alguien se haga con el disco o el libro del que hablo, lo escuche -o lo lea, que es una manera de escuchar, de forma mediata- y lo disfrute. Eso se parece más a señalar.
Hay veces que sólo escribo para mi, claro. Supongo que, en esas ocasiones, todo lo que digo a los demás es algo así como "ahí está ese, escribiéndose una carta, dejándose una nota: nos quiere decir que hagamos lo mismo, que sienta bien". Eso sería de lo más positivo que podría decir con mi menos-que-silencio.

Lo que no me queda claro es lo de que sea mejor no hablar de mi vida privada.
¿Es mejor, siempre? ¿No hablar nunca, ni por asomo, a ningún precio?
Si resulta que ya he dicho que, de vez en cuando lo he hecho, lo hago; y a precio tan justo de liberar una parte de mi que necesita, por un lado, ponerse en negro sobre blanco -bueno, con el diseño actual de la página, en blanco sobre negro-, y por otro, tiene la costumbre de hacerlo, con cierto pudor, en el espacio público este, tan público como, creo, escasamente frecuentado.
Lectores, os digo entonces que, con todo cariño, os habré dedicado unos cuantos muy exclusivos strip-teases. Eso sí, siempre a medias: ¡el cripticismo, dios, el cripticismo!

¿Y qué más?

Pues lo que hoy he pensado es que, como hay veces que me muero de ganas de entrar un poco más en mi vida, contar mi entusiasmo, recientemente realizado, por tocar música -por el momento, hacer ruído-, hablar de una cena deliciosa o de la amistad y la conversación que la sazonaron, proyectar impresiones, claras, tratar que sean cristalinas, de los momentos buenos, y de los momentos malos, pero sobre todo de los buenos, y de la inaprensible -pero no criptográfica- representación de una sensación tan maravillosa como la de sentirse querido, tranquilo, excitado, feliz.
Como quiero hacer todo eso, y a la vez que se pueda seguir hablando conmigo, y yo mismo poder diferenciar entre lo que aparece en mi blog, que yo alimento, y lo que soy yo, que me alimento de toda la vida, de la que aquí no aparecen más que algunas impresiones, pasajes, anécdotas, destellos y fotografías tamaño catálogo de algunas pequeñas piezas de una suerte de museo, del gusto y la memoria, que desordenadamente invito a visitar.
Como quiera que... todo lo anterior es así, me gustaría de ahora en adelante diferenciar con acierto blog, vida privada e intimidad. El blog es esto, lo que queda dicho aquí.
La vida privada se puede desvelar, en parte, con la moderación que exige la discreción, la inteligencia como modelo y, sobre todo, la privacidad de los demás.
La intimidad no se desvela. Muchas veces es tan íntima que ni es tan siquiera posible compartirla con nadie más. En otras ocasiones sí es compartida y, revelarla, es algo así como un crimen. Algunas veces, uno la escribe en poemas. Bienaventurado aquel que sea capaz de dar los suyos a la imprenta -al mundo entero, a quien quiera leerlos- y sea capaz, así, de ganar más amores que enemigos.
Intimidad, te guardo. Privacidad, te vigilo. Blog, te enfoco, quizás, ya de otra manera.

¿Renuncio a todo lo crítico? No.
Pero, de alguna manera, me he quitado un peso de encima... de los dedos.

:-)