Hay días, incluso los hay en medio de la mejor temporada -o sea, tiempo, por ejemplo, días buenos, seguidos...- que son días absurdos, feos, que se van torciendo desde última hora del día anterior y que, posiblemente, no se enderecen hasta bien entrada la mañana siguiente.
La sensación es el hastío. Algo que impide casi todo, menos vivir.

Esos días conviene vivirlos. No me querría perder ni los días más grises, ni aún los más dolorosos que me toquen en (mala) suerte. Querría iluminar unos y superar los otros.
Y se me ocurre que, para los días de hastío, para evitar que la falta de energía nos hunda en la apatía, la inmovilidad sin reposo y, por último, la anomia, se me ocurre una solución que vale, al menos, para un día.

Y es vivirlo, a partir del momento en que se ha hecho el diagnóstico, se le ha dado nombre al mal y se ha decidido uno a afrontarlo, a partir de ese punto de inflexión, vivirlo, encararlo como si no fuese un día de esos, como si estuviésemos llenos de energía para cumplir con las labores habituales y, aún, añadir algunas más.
Hacer algo más; escribir un poco, hacer algo de deporte, echar una mano por ahí...

En fin, esto no me valdría si tuviese que aplicarlo todos los días, pero para hoy sí que me vale: voy a seguir haciendo todas esas cosas, disimulándome mi propio cansacio y falta de casi todo; voy a seguir viviendome hoy como si fuese, no sé, el primer día después de vacaciones.
Así, cuando llegue ese día ¡lo viviré por segunda vez!

Más o menos ;-)

¡A por ello, pues!