Que es el día de fiesta por antonomasia, en nuestra cultura.
Aunque resulta que, ayer, era viernes, pero festivo igualmente.
Es viernes y tengo que trabajar.
Es por motivos técnicos.

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Por motivos técnicos también -nos informa una voz- también es por lo que se ha suspendido el funcionamiento del metro en la línea 1; una avería que estará arreglada en tan sólo cuatro horas más.
Cambio de itinerario, tardo más e, igual, llego a la oficina. Que está vacía y silenciosa como nunca.

Y a santificar este domingo que no lo es trabajando.

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Hace tiempo que me borré de la espiritualidad religiosa. En general, de la espiritualidad.
Aunque soporto bien la cuestión espiritual si no quiere ir acompañada de alguna liturgia forzosa.

Por otro lado, está la liturgia -mejor libremente elegida y hasta configurada, creada por uno mismo, por dos que la comparten...- sin espiritualidad aparejada. Mejor con sensualidad, que tome su sentido en cierta sensibilidad compartida, en los detalles repetidos pero con íntimos y sustantivos matices diferenciadores.

Para crearse la propia liturgia, los propios ritos, es importante conocer otros ritos, importar liturgias y modificarlas, traducirlas, contradecirlas, depurarlas.
En general, para todo, parece que es bueno conocer y saber lo máximo posible... ¿o no?

Una de las clave del triunfo de según qué fe religiosa reside, sin duda, en haberla aparejado a ciertas liturgias, ritos, secuencias de actos y palabras.
Los mecanismos de la memoria secuencial -una de las más persistentes y mejor vertebradas en el ser humano- pueden asociarse a sensaciones muy placenteras.
Se podría decir que admiro a las iglesias, por haberse dado cuenta de eso. Claro que, no teniendo que trabajar -sino sólo administrar la trascendencia humana ajena- uno debe de tener mucho mucho tiempo para perderlo, o para aprovecharlo dándose cuenta de muchas muchas cosas.

Entonces, admiro más a los que, íntima o interpersonalmente, crean y recrean sus propias liturgias. Trato de parecerme a ellos.
Porque de ellos es la felicidad de vivir la vida y degustar la cotidianidad. Encontrar la novedad en la secuencia. Y más.

Así, con un poco de suerte, se puede ser feliz y estar contento hasta en los repetitivos días de trabajo. Hasta en los días de trabajo que nos llegan de sopetón.

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Ya me pediré la prerrogativa que me corresponde por cambiar el día singular por una jornada corriente -me complace constatar que no ha sido simplemente ordinaria-; el día libre que me corresponde estar hoy trabajando.
Por haber trabajado ayer, viernes festivo, viernes-domingo.

Llegará el día e igual lo aprovecho para tareas mundanas de las que no encuentran tiempo en el tiempo normal.
O quizá me decida a santificar el día laboral durmiendo hasta tarde, leyendo en la cama, paseando por El Retiro vacío y por las calles de diario; llenándolo de ocio tan improductivo como yo sé, como se me antoje.
Y escribiendo a última hora aquí -en la libreta-...

Viva la vida

Y vuelta a la secuencia.
A renovarse en la secuencia.