Me acuerdo, más o menos, de cuando la metaliteratura se convirtió en condición habitual de mis escritos. Quedó sin terminar un proyecto de novela que nunca acabaré. En ella y en mil y un relatos, fragmentos, estampas, diálogos y hasta en poema y medio, fueron apareciendo mi vida y las vidas imaginadas de escritores a los que había leído, o iba leyendo, y a los que no, pero que de alguna manera habían escrito para mi, a través de agentes intermedios. Normalmente el objeto de todo aquello era buscar recreo en lo que yo encontraba mas vivo, más feliz o alegre; y el envés de ese objeto era resarcirme de lo que no me gustaba, de la parte que no me gustaba de la literatura que sí, que me encantaba; o de la vida -que me encanta aún más- que, vivida, ya no la podía desconocer, la mía o la de esos autores.
Así, podía investigar la desaparición muy misteriosa de unas tartas de limón, el mismo día que me encontraba con un escritor célebre y con un calendario en el que, siempre que arrancabas una hoja, esta resultaba ser la de un día señalado, el aniversario de algún hecho, feliz o desgraciado.

Podía adelantar la condición de perseguidor que, algo, bastante más tarde, me confirmarían que es la de Boris Vian, no para mi, sino para otras muy notables personas.
Podía creer que no todas las historias y pensamientos que eran capaces de imaginar y escribir mis amigos Italo Calvino, Alan Sillitoe, Pio Baroja, Raymond Chandler, Albert Camus, Augusto Monterroso, Samuel Beckett, William Burroughs, John Barth, Georges Perec, Friedrich Dürrenmatt, Elias Canetti y hasta todos los Joyces que caben en un Ulises, que no todo lo que habían escrito lo habían escrito pensando en mi, precisamente, porque yo les había pedido que no lo hicieran.
Podía volar colgado de los pantalones revolucionarios de una nube abocada al fracaso y la eternidad, codo con codo con Vladímir Maiakovski.
Podía adentrarme una y otra vez en el coincidente y asombrado, maravillado mundo austeriano, y tratar de hacer listas de coincidencias acaecidas en mi parte del mundo, incluso coincidencias coincidentes, compartidas entre Paul Auster y yo, y tomar escenas de sus libros, y convertirlas en un gag.
Pude haberme quedado dormido y soñar los sueños de otro. Esto ya lo había leído antes: podía recrearme en un sueño de Tabucchi, en el que yo estaba y le daba la genial idea para el libro que me dio a mi la idea para ese sueño.
Pude haberme dedicado, demasiado tiempo, a perseguir por Lisboa a Pessoa; pero no es que fuese demasiado, en realidad.

Podía jugar con espejos todo el rato; y, en el reflejo de cada uno, yo era un otro.

Podré volver algún día sobre esos cuadernos, incluso sobre la novela fatal y felizmente inconclusa, y sobre los montones de hojas que se mezclan con muchas otras cosas, incluso más extraviadas en lo metaliterario que las citadas.

Encontraría, en ese regreso, mucha cosa ilegible. También alguna cosa mínimamente meritoria.
Encontraré un párrafo que recuerdo y que podría servir de resumen de lo mejor de todo aquello: cuando empecé a sacar a Cesare Pavese a hacer footing, y todo empezó, muy poco a poco, mucho más claro para él. Y dio a la imprenta notables cuentos y un gran diario, que no fue póstumo. Y yo gané, ese año, la San Silvestre Turinesa, ayudé a un literato en lo suyo, con su vida; y, en lo mío, crucé primero la meta. Será por eso que lo llaman Meta-Literatura.

***

Leí hace no mucho la reseña del último libro de Enrique Vila-Matas -uno de relatos cortos- y caí en la cuenta de que era el momento: comenzaría a leer 'El Mal de Montano', que ya llevaba tiempo esperándome; y escribiría un pequeño post a la metaliteratura, que ya llevaba yo tiempo debiéndoselo al propio Vila-Matas -el mismísimo escritor que compartía conmigo las tartas de limón fugaces, en la historieta arriba apuntada; aunque no me ayudaba para nada con el asunto del calendario misterioso-, a Paul Auster -que juega a la metaliteratura en la que su vida no es su vida, sino la vida de un personaje que es él, pero si su vida hubiese cambiado, huérfana de casualidad, siempre para mal; es una forma, supongo, de celebrar la fortuna, a la vez que de desconcertar y atraer al lector- y a muchos otros, alguno que se buscaron ellos mismitos meterse de lleno en mis desmanes literarios, otros que ni lo pidieron ni aún lo provocaron, pero que han dejado tanto y/o tan bueno escrito, que cómo sustraerles del riesgo que entraña tener cerca un cuaderno, una pluma y mucho tiempo -lo propio de aquellos años, hace ya unos cuantos-.

Esto no es tanto un homenaje a mi mismo -que tampoco puede dejar de serlo, como todo post- como homenaje grande dentro de su modestia quiere ser, al metaliterato español por excelencia, al hechicero neoyorquino, a todos los demás autores citados en algún momento en el texto que precede, y hasta a los implícitos. Si yo lo que quiero es que alguien se anime y diga: no he leído nada de Vila-Matas hast ahora... ¡pues este (también) es el momento!
Y se anime con 'El Mal de Montano', o con 'Bartleby y compañía', o con otro. Igual, para animar, más me hubiese valido hacer uso de la brevedad y la (pretendida) sugerencia, como acostumbro.

Pero, al final, el post no ha sido tan pequeño, aunque es comparativamente ínfimo, al lado de una novela de trescientas páginas -que tampoco es de las largas; aunque, en este caso, sí que es de las buenas-.
Yo voy, ahora mismo, por la 224 de 'El Mal de Montano'. Y lo recomiendo, recomiendo esta novela o lo que quiera que sea; con la metaliteratura se han cometido excesos, se ha desgastado y vaciado de significado como etiqueta. Pero, cuando significa algo, cuando dice algo y cuelga de una obra del ingenio, de la erudición y de la vida, tan bien escrita, sí que hay que leerla, recomendarla a los que no la han leído aún. Yo, a Vila-Matas, os lo recomiendo siempre.
Si resulta que dejara de hacerlo después de terminar con la última página de este libro, ya os avisaría.
Pero no creo.
;-)