Lo único que deseaba, en realidad, era lo que se le negó. La presencia duradera, básica. Es que, esta historia, es una tragedia...

A la mañana siguiente fue: la noche había sido hasta pringosa. Entonces, el desgraciado se levantó, fuera de tarifa, solo. Y olfateó.
Allí no olía a nada.

Ni un sólo rastro del -normalmente casi indeleble- aroma humano.
¿El misterio? En la causa de todo está la clave de esa consecuencia.

Lo dicho: una merecida tragedia.
Non olet.