El equilibrio es eso que nunca se encuentra.
Buscas el equilibrio.
Puedes estar buscandolo toda la vida, pero lo nunca encontrarás del todo.
El equilibrio, sin embargo, si se siente, se siente completo, la sensación que uno tiene es la de plenitud.
Pero el equilibrio es por naturaleza tan efímero que lo único plausible es creer con gran fe en su inexistencia.

Porque lo puedes buscarlo bien, muy bien incluso, con tanto tesón que tu utopía se convierta en una quimera ponzoñosa, presta a arrastrarte a algunas profundidades, tan profundas como, seguro, poco deseables. Puedes buscarlo así, si así te place, pero no lo encontrarás. Te lo digo yo.
Porque -repito- el equilibrio no existe.

Y, si existiese, alguien debería pegarle una patada al pilar donde se asiente semejante monstruo, o a la pata de la silla donde esté aupado; que caiga, se ahogue; que desaparezca...

***

Hoy vuelto al principio de uno de los blogs que leo habitualmente.
Al primer principio.

Ya me había pasado por allí antes. Por el comienzo de The Last Dance: el primero de agosto de 2002, Elena Cabrera se pone a escribir bajo la advocación de Belén Gopegui.
Es una escritora que escribe. A nuestros efectos, es una periodista y está a punto de ser una gran bloguera.

Se pone a recopilar, en ese weblog, lo que escribe y queda escrito en muchas otras partes.
Es una escritora que se escribe, también, así.

Casi cinco años después su blog es muy distinto.
Sería estupidamente ofensivo entrar en la disquisición de "cúando es mejor". Sería estúpido porque la autora es ahora quien es y su blog es hoy su herramienta constante, y parte de su reflejo -algo así como una pieza dentro de un juego de espejos digitales-.
Sería ofensivo respecto a la Elena Cabrera de hace cinco años, que con tan dedicado esfuerzo -y con tanta maestría- dejaba mensajes escritos, para que ella misma pudiese recibirlos años después. ¿Recibirlos (y leerlos) cuando? ¿Ahora? No lo sé. Puede que ni ella lo sepa.
Quizá aún no, pero siempre puede ser otro el que sí los lea, mientras.

Hoy he vuelto al primer principio de The Last Dance, como ya había hecho por curiosidad alguna vez antes. Pero hoy ha sido distinto.

Asunto de enfoque, de perspectiva...
O cambio de perspectiva en el enfoque del asunto.

El caso es que he bajado a dar un paseo al centro, en lugar de comer durante la hora de la comida hoy, y la cabeza me daba vueltas; alguno podrá decir que era de hambre. Allá cada cual.

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Otra cosa, distinta al equilibrio, es la sensación de equilibrio. Es un espejismo de lo más recomendable.

Un premio merecido. Sin eso, la lucha y la tensión bipolar diaria, la alternancia entre tranquilidad y excitación, entre el auge y la caida, sería insoportable.

Hay para quien todo es auge extremo, y para quien todo es permanente caída. Si estos mueren de depresión, a aquellos les estalla el pecho y mueren infartados. La destrucción se les vuelve no sólo inexorable sino, además, inminente.
Para quien todo es exaltación y taquicardia, y para quien todo es pesadumbre e inacción ¿no viven esos en algún equlibrio?
Un equilibrio cruel, una normalidad funesta.

El verdadero equilibrio debe de ser desequilibrado.

El cierto equilibrio cierto, aparente y eficaz, un punto epifánico en una línea curva e incierta, ese es el deseable, creo.

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Cuando comencé mi primer blog... lo empecé.
Y se me murió al poco.

Migré a otro entorno. La Coctelera.
Que tanto problema técnico como me dio ayer para publicar el post anterior a este pero que, entonces, me facilitó lo indecible el empezar a plasmar en la pantalla -en constante actualización, hipervinculada- una aproximación a lo que fue siendo mi balance, mi no-equilibrio de entonces, mi desarrollo como ensayo de escritor que escribe y trata de escribese.
Además formé comunidad; que luego, según el tiempo y las cosas pasaban, acabó por deshacerse.

Nunca me he puesto a leerme desde el principio. Pero creo que si lo hiciese descubriría una (segunda) fase inicial titubeante. Luego hubo un momento en el que el blog ocupó el centro de mi cerebro, la hiperactualización hiperconstante, la necesidad de comentarios y la pretensión de que todo debería estar en él.
Todas las pistas sobre mi formación que me fuese dejando escritas, enlazadas, fotografiadas y anotadas al pie, todas, todas las necesitaba.

Hubo una caída.
Pasaron cosas y hubo una caída. Pero nunca una desaparición.

Alguna vez supongo que creí alcanzar un equilibrium bitacora.
Ahora sé que eran remansos dentro de la necesaria tensión, constante, de la cual fueron saliendo las palabras que han quedado.

Esto.

***

Ahora que no creo en el equilibrio, sino que lo niego, y lo que creo es en el foco, y lo he podido expresar... como mejor he podido; ahora, me dejo esto escrito, cuando creo que corresponde hacerlo, para leerlo (o no) cuando crea que corresponda, que sea necesario, que me vaya a ser agradable o que sea conveniente o -quién sabe- imprescindible.

Ahora parece que este Lapidario le ha dado una patada en el punto de apoyo a aquello que fuera que me mantenía sin arrancar, rearrancar, y escribir, escribir, escribir.
Algo se ha ahogado y ya no respira.

Yo respiro.

Me di una tregua y la he aprovechado.
Ahora no escribo de mi mismo, ni sobre mi mismo; puede que escriba en torno a mi, a veces.

Hoy he bajado andando a alguna parte, y las palabras se han ido preparando para llenar este bosquejo de una teoría sobre cómo buscas el equilibrio.
Entre las palabras: Gracias; a todos los que han participado en este devenir, a los que dejan sus huellas escritas, ex profeso, para que los demás podamos seguirlas... hasta donde queramos.

***

Una línea marca su aleatoria longitud de onda mientras atraviesa una desorientada existencia humana.

Alguien se decide a mirar, desde lo mareante de ese vaivén, siempre al mismo punto. Persevera. Se da cuenta de que donde asienta los pies es lo menos parecido a los platos, equilibradísimos, de una balanza. Puede que sea el suelo, pero también podría ser el viento, a toda velocidad, en el mismísimo ojo del huracán.
A veces se inclina a un lado, otras a otro, incluso da vueltas de 180 grados, desafiantemente renovadoras; da vueltas de 360 grados, que lo dejan igual, pero mucho más desorientado.
Da sacudidas y, a veces, la velocidad amenaza con lanzarlo despedido, despojado de todo, fuera de su propia vida. Otras veces, la pasmosa, estática bonanza de un tiempo sin cambios ni posibilidad de cambio, está a punto de ahogarle con la más pertinaz de las lentitudes.

Todo se repite. Y todo cambia. En esa especie de noria, subibaja y coches de choque a la vez, que finciona con el cronómetro activado y siguiendo un imparable vector que, longitudinalmente, lo lleva hacia adelante.
Un caos, un galimatías; un lío, en fin.
Pero él no le pierde la vista a ese solo punto. En ocasiones siente que el punto cabia, otras veces cree no verlo, pero se lo imagina.
Y sigue.
Y va hacia él.

Un día lo piensa. Lee algo que dejó escrito y se da cuenta...
Se sabe en el foco de su propio punto de destino, el que él ha elegido.

Sonríe.
Y cree -plenamente- que está andando sobre la arena, a la orilla del mar, descalzo, mientras comienza a caer la tarde.
Será sólo un segundo, pero, durante ese merecido segundo, no le falta razón para creerlo.