El vagón estaba más lleno aún. Así que, como tenía que llegar a tiempo y –de ser posible- de buen humor, se atronó con la música mientras se embebía de la belleza del Arrancacorazones.

Y al llegar a la estación de trasbordo, hizo como solía: introdujo su dedo índice en la página por la que seguía, sostuvo las tapas con el resto de la mano, con cuidado, elevó el brazo y se concentró...
La imaginación se convirtió en la más hermosa luz sólida.

Con su cuña de papel dorado recién hecho, fue abriéndose hueco hasta llega.

Y llegó así
:-)

***

Lo que me recuerda...