Casi al final de El Largo Adiós, Philip Marlowe nos dice que la cirugía puede cambiarlo todo del aspecto de un hombre, menos sus ojos.
Bueno, eso era totalmente cierto en la época en que el libro fue escrito.
Ahora, sería discutible. ¿Qué puede cambiar la cirugía? ¿Cuánto cambian unos ojos si se les aplica un par de lentillas de colores?
¿Cuánto puede cambiar el rostro humano a fuerza de consumir drogas?
Lo que hay que entender es que, para un fisionomista mediano, seguir el rastro de una mirada es la misión más fácil, de entre las que pueden doler.
***
Cuando yo era muy pequeño, más o menos por la época en que comencé a ir a clases de kárate, es decir, cuando tenía cinco o seis años, trabajaba en la churrería de debajo de mi casa un chico joven, en la edad de ser aprendiz, que dedicaba la parte visible de su tiempo libre a ir al mismo gimnasio que yo, él a hacer pesas, y a lucirse jugando al básquet en el parque de la misma calle en que estaba mi casa, la churrería y con la que hacía esquina el gimnasio. Él también vivía muy cerca, quizá en la calle de al lado, y lo he seguido viendo por el barrio hasta hace tan sólo un par de años.
La parte del parque donde él se reunía con sus amigos, la cancha de baloncesto, pasó en poco tiempo de ser el lugar para hacer deporte y divertirse a ser el lugar para estar sentado, beber y divertirse, supongo. Las chicas y los chicos –sobre todo chicos- que se quedaban allí durante horas bebían las litronas que compraban en una tienda de mi calle, se tomaban las anfetas que compraban a una familia de camellos que aún vive y vende en mi calle, y se fumaban los porros del hachis que compraban a cualquiera de los camellos que había por mi barrio y por Lavapiés.
De eso hace tiempo. Era cuando hasta el alcalde de Madrid salía en la televisión recomendando fumar porros, diversión de la que el presidente del gobierno había presumido públicamente: él se había fumado sus canutos en el Congreso y todo.
Era cuando se pasaba fácilmente de la cerveza a la cerveza con pastilla, a mezclar eso con el porro y a probar la heroína sin esperar demasiado. Y a quedarse con la heroína y en la heroína, y esperar en ella lo que el futuro quisiese deparar.
A un montón de los veinteañeros de entonces, de los que dejaron de jugar al baloncesto –salvo algún lanzamiento torpe al aro… y luego olvidarse del balón- y se dedicaron a las drogas, lo que les deparó la más terrible de todas fue la muerte. Hablando un día con uno de esos jóvenes, unos de los que se quedaron con y en el deporte –es su caso el ciclismo-, me dijo que de sus amigos del barrio de entonces la mayoría habían muerto. De esa conversación hace algo más de un año.
Hasta un poco antes, todavía seguía viendo por la calle a aquel antiguo churrero y deportista aficionado. Él era de los que había ido probando todo lo que había pasado por la cancha de baloncesto del parque: primero el baloncesto, y luego las sentadas, la cerveza por litros, las anfetas y los porros, no sé si la coca –entonces era la droga de los potentados- y sí sé que la heroína.
Su camello de entonces había acabado años después pidiendo en la boca de metro. El tipo que mandaba pegar a los demás, que era el más chulo y temido en la plaza, que siempre vestía ostentosas cazadoras de cuero y se hacía acompañar de chicas que se prostituían por un pico o dos o tres, antes de ser desechadas por otras más o menos iguales, pero a falta de uno, dos o tres picos de deterioro, ese tipo tan poderoso se había transformado años después en una piltrafa lamentable, que se humillaba y arrastraba como manera de provocar la pena suficiente como para que sus súplicas de dinero fueran atendidas.
De entre sus compradores de hace unos veinte años, el churrero no había sido el peor parado: hace dos años todavía andaba, cojo; había tenido una niña, posiblemente en la época en que su deterioro estaba a punto de embalarse. Hace dos años ya no se le veía con su hija. Se le veía cojear solo, lo más rápido posible. Tenía un ojo fuera de órbita, la mandíbula desfigurada, había perdido gran parte del cabello, le faltaban dientes y las encías se le resecaban con frecuencia, y él se pasaba la lengua compulsivamente por ellas. Un rasto de baba amarilla se le secaba en las comisuras.
Un año antes toda aquella monstruación ya estaba presente, pero en un grado menor. Y entonces sí que se le veía con su niña y la madre de esta, una mujer con cara de buena y, seguramente, una capacidad de abnegada compasión que es mucho menos probable encontrar en el mejor de los hombres. Durante ese año, los apresurados andares del antiguo churrero, del ser humano destrozado, tuerto, cojo, débil y comprensiblemente solo, parecían indicar que había vuelto a caer el la adicción a la heroína. Desgraciadamente, mi barrio vuelve a ser un escenario importante en el que se desarrolla esa tragedia: en la glorieta de Embajadores tiene su emplazamiento fijo la primera parada de la ruta en coche a los poblados donde se sigue vendiendo heroína con mucho menos problema que se compra. El churrero iba las últimas veces en esa dirección.
***
Los vecinos de mi barrio, los viajeros de la línea 3 de metro, los que luego hacemos trasbordo a la 1, los paseantes de Lavapiés… nos acostumbramos a una porción de cosas malsanas. A las que no deberíamos acostumbrarnos, claro, no. Pero a las que tenemos que acostumbrarnos si queremos seguir con nuestras vidas, es decir, trabajar, hacer la compra, dar un paseo, volver a casa. Todo eso.
Sin embargo, hay veces que algo choca. Algo dentro de la misma realidad habitual, se sale de la fórmula que comprende la destrucción y la pena que asumimos como normal. Por ejemplo, en el metro, esta mañana.
He cogido la línea 3, me he sentado –extraño-, he abierto mi libro y escuchado mi música, me he levantado al llegar a Sol y he hecho el trasbordo a la línea 1.
En el anden de la línea 1 me he situado para coger uno de los últimos vagones, que suelen ir más desahogados de gente. De hecho, un par de paradas después me he podido sentar. He seguido con mi libro y con mi música. Y al llegar a la estación de Iglesia, en la que el tren se ha quedado parado durante un buen rato, he levantado la mirada, para ver que ocurría; y me he fijado mejor en la pasajera sentada enfrente de mí. Antes la había visto de pasada y me había llamado la atención, pero menos que el cómico ensayo de Alfred Jarry que tenía entre manos.
Al mirarla con mayor detenimiento, mientras ella abstraída se comía la pantalla del móvil, he caído.
No me había llamado especialmente la atención por su suciedad, ni por su delgadez, ni por su pelo largo, raído, muy negro y muy canoso. No me había fijado antes en que le faltaban varios dientes, aunque sí en que la longitud de sus uñas era del todo inusual. No me había parado a mirarla detenidamente, porque una yonqui ya no llama tanto la atención de casi nadie en los trayectos de metro que me toca hacer cada día.
Cuando casualmente me he fijado más, lo que me ha atrapado han sido sus ojos.
– Yo conozco esos ojos -he pensado.
La chica que estaba sentada enfrente de mí, en el metro, esta mañana; la que ha interrumpido mi lectura simplemente con una mirada, que ni siquiera estaba dirigiendo a mí; esa chica podía perfectamente tener mi edad, aunque aparentaba veinte años más. Yo conocía su pelo. Que antes era rizado, largo y algo ralo. Ahora era largo, rizado, ralo, sucio, canoso. Sus uñas habían crecido como si nunca se las hubiese cortado desde la última vez que la había visto.
Las tenía llenas de miseria. Y sus dientes los recordaba blancos y pequeños: seguían siendo pequeños, pero ahora amarilleaban y estaban ennegrecidos, y eran bastante menos de los que solían ser.
Yo la recordaba, no sé, hace trece años la última vez.
Ahora estaba flaca como el cadáver de un galgo abandonado, y llevaba ropa mil tallas demasiado grande, los tobillos al aire, zapatillas de deporte; y en el pantalón de chándal mostraba una colección de manchas indefinibles, algunas de sangre o pus.
Sus ojos eran los mismos, pero recubiertos de una capa tornasolada, de nácar casi transparente, y en el blanco se formaban acumulaciones de algo macilento y de capilares rojizos a punto de estallar.
Aquella chica era una yonqui que se mantenía activa y encorvada frente a la pantalla de su móvil. Hacía algo obsesivo, un movimiento continuo con las manos. Las piernas le temblequeaban. Abría cada vez más los ojos y parecía estar sorbiendo algo del aire del metro, que por momentos iba oliendo más y más intensamente a ella.
Era una yonqui, no de las peores que he visto, ni la más sucia, ni la más flaca, ni la más enferma. Pero una yonqui tan metida en la heroína, tan muerta por ella que una neumonía, una sobredosis, una paliza o un catarro, podría matar del todo a la que –estaba seguro; ahora sí estoy seguro- había sido mi compañera de clase de quinto a octavo de EGB.
Yo no iba a ningún colegio marginal. Al contrario: mis padres se sacrificaban, con la mejor y más absurda buena intención, en llevarme a un colegio de pijos en el que yo nunca estuve a gusto. Había quien, como yo, estudiaba allí a costa del mayor esfuerzo económico de su familia. Pero la mayoría eran hijos de padres podridos de dinero.
Los que proveníamos de un entorno manos adinerado, o vivíamos en peores barrios, recuerdo que éramos la gente más normal de la clase y, a la larga, más interesante; nos tomaban por los más raros, por lo peor de allí. Yo era, quizá, el más marginado de mi clase. Luego cambié de colegio, a uno en el que lo normal era… ser normal, cada cual a su manera. Y todo aquel tormento cambió: dejé de tener que luchar, afirmándome frente a lo pijo.
Mientras estuve en aquel exclusivo centro de La Moraleja, conocí a mucha gente que parecía perfectamente feliz integrada en ese ambiente, a la que en sus casas se les animaba a integrarse en el pijerío -consiguiéndolo, sin duda-.
La chica que esta mañana tenía enfrente era una de esos. Vivía en un buen barrio, residencial. Manejaba dinero de bolsillo sin problema, se compraba ropa, música, salía por ahí sin tener que pensárselo dos veces; y le gustaba la moda grunge, porque esa era la moda de moda entonces.
Así era ella en el colegio. No hay mucho más.
El golpe que me he llevado esta mañana, al reconocerla por sus ojos, por su no-mirada no ha sido un golpe provocado por una pena insoportable, por ver una persona más destrozada así, ni porque la conmiseración absoluta me haya embargado y haya querido ayudarla, cuidarla, tomarla bajo mi tutela. No: ha sido simplemente la sorpresa.
A lo largo de los últimos años, casualmente, me he encontrado con algunos de mis compañeros de clase de aquel colegio tan pijo, tan estúpido. Reiteradamente he comprobado que me gusta mucho más esto en lo que yo me he convertido, que eso en lo que (aparentemente) ellos han devenido. Pero nunca hasta ahora me había encontrado nada más terrible que un calvo acomplejado y vergonzante, un gordo alcohólico y machista o un meapilas terrible, una mujer florero radiantemente estúpida o una antigua feucha convertida en una ninfómana desdichada.
Ahora sí.
Ahora sé que una de mis antiguas compañeras, una niña de clase, se había transformado con el paso de los años en una triste sombra de ser humano, que ni controla su destino ni lucha por su felicidad. Ella era hoy mucho menos que eso.
¿Por qué?
***
Aún me quedaba un asomo de duda. ¿Un asomo de esperanza? No sé. Podía no ser ella, pero si era cualquier otra sería también triste. Aunque quizá más comprensible. O quizá no.
El sólo hecho de que no sea inimaginable un caso como el que había reconstruido en las cuatro paradas de metro durante las que, en el transcurso de mi viaje, me había pasado mirándola y mirándola, y recordando; la mera posibilidad de esa historia ¿no es una causa suficiente de extrañeza, de desagrado, y de un punto y medio de desesperanza?
Pero aún tenía mi pequeña duda, sí.
Y si quería, me podía aferrar a ella.
Y si quería despejarla, saber si sí, o si no… no tenía más que llamarla por su nombre, decirlo en alto y ver si respondía, si me miraba.
Así que, antes de bajar, mirándole a los ojos, casi grité:
- Rebeca…

Se nota que no tenemos nada que ahcer en el curro... ¿eh?
Yo tendría que haber aprovechado para actualizar el blog, pero he decidido hacer lo que todos los demás hacen... comprar muebles por internet. El día 5 vienen los Reyes Magos a mi casa y me traen el milagro internetero y los muebles necesarios para sacar todos los tebeos de las cajas y organizarlos de manera que mi cuarto no parezca un refugio nuclear...
Sufjan Rules... y tú también.
Pos que penita... Es increíble cómo se pueden torcer los destinos más favorables, pero por suerte, también se pueden enderezar los torcidos. Aunque... es favorable habe tenido tanto dinero cuando aún las neuronas no abarcan tanta cartera? Hoy en día cualquierniñato puede drogarse, pero mi experiencia me dice que en nuestros tiempos se drogaba quién podía permitírselo, y casi ninguno de los que les sobraba la pasta entonces dejó pasar la oportunidad. Con lo feliz que era yo con mis bolsas de cheetos, mi calimocho y mis cartas...