La cultura, la propia, acaba en forma de polvo. Se pierde, salvo quizá lo que queda escrito, que se pierde también, pero más lentamente.
O de golpe todo, si a uno lo plantan en lo alto de una pira funeraria hecha con los propios manuscritos. O si uno se queda debajo, dormido y las hojas prenden, alguien las prende. Siempre es alguien el que enciende y lanza la cerilla o el aún menos romántico mechero.
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Cuando estaba durmiendo, el otro día precisamente, hecho un ovillo en el suelo, se me cayó de golpe todo el desorden de anotaciones encima. Quedé sepultado por mis propias incoherencias, mi propia línea narrativa pormenorizada pero sólo a saltos, mi tremebunda cantidad de árboles cortados para qué...
Y claro, alguien pensó que aquello era una pila, que había que darle fuego lo antes posible. Menos mal que dejé ya hace tiempo el feo vicio, que el humo ahora me molesta como ninguna otra cosa. Me molesta más una hermanita de la caridad fumando al lado que el mismísimo Ruíz Gallardón perorando mientras se corta las uñas de los pies en un día de viento. Así es.
El humo me despertó, pues, y por eso me libré, por muy muy poco. Podría haber ardido, podría haberme quemado con mi propia biblioteca, con mi propia obra incluida en, mezclada entre, extraviada por mitades so, sobre, para, según, si -o incluso ante, cabe, con, contra- las obras de otros, obras buenas, alguna mala claro. Una muerte así ¿es lo que nos espera? Dice algún genio que sí.
A mi todo esto me huele un poco a chamusquina.
La obra mata al artista. A mi escribir esto me está empezando a matar de sueño. Menos mal que, como a la vez estoy matando en el futuro al lector, de aburrimiento, me estoy vengando un poco de quien no tiene culpa, que es lo que suele pasar.
Claro que con los textos subidos a la red, almacenados en lugares que sólo son hipotéticamente físicos, en memorias infinitamente menos físicas que virtuales, con esos textos no hay quien cubra un cuerpo, no hay cuerpo que se aúpe en una pila de bits.
Pero siempre puede uno electrocutarse con el enchufe, con un cable suelto, al conectar a la red eléctrica la criminal computadora ¿no?
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Estaba antes leyendo el boletín de libros de ocasión que me mandan de la Librería Praga de Granada, por mediación de una querida amiga, gran librera y mejor escritora.
Es un catálogo en papel que da gusto leer entero. Bueno, a mi me da gusto.
Un montón de nombres, cifras. Apellidos y nombres de autores, de colecciones; títulos y números de páginas; precios y anotaciones sobre el estado.
Uno de los libros que este mes de diciembre es uno al que me he resistido. Que me han recomendado, que me han querido regalar. Que probablemente esté bien, no sé.
Es un compendio de toda la cultura -occidental, supongo-, de todos los libros que hay que leer, de todo lo que hay que conocer, no sé si para ganar al Trivial, para presumir, para impresionar y ligar -aunque así seguro que se impresiona lo justo y se liga mucho menos que con un amoto en condiciones-, para creerse que la muerte por abrasión nos llega tras una vida plena, para servir de trampolín a mayores y más profundos conocimientos. O, de una vez por todas, para qué.
Son 557 páginas. Que no son pocas. Pero sí lo son, sobre todo para contener "todo lo que hay que saber".
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Me he dado cuenta de que si no quiero tener un libro así en mi biblioteca no es sino por una razón muy papanatas, muy estúpida, tan estúpida que brilla; tan brillante (se cree) que es completamente imbécil. Mi razón, mi motivo, se cree el Sol mismo.
Y no lo es.
Es simplemente algo tan presuntuoso que merece quedar escrito.
Es que pienso que, con un libro tan liviano, no quiero compartir pira. Porque pienso que arderá presto, casi en combustión abrasadora y al instante, inmediata y total, absoluta. Y me llevará con él. Al absoluto final.
No: no me daría tiempo a oler el humo, ni a salir corriendo de debajo de la hoguera, a escapar sin más huella que, quizá, una tonsura de por vida, precio bajo que pagar, hasta distintivo ilustre, salvo para ligar. Aunque ya hemos quedado que con el sacerdocio de los libros, ligar ligar, se liga poco.
Si el libro de Schwanitz me acompañara en el montón de papeles, me acompañaría al polvo, al polvo definitivo, al olvido completo y veloz.
Y se llevaría consigo y conmigo todo, mis papeles, mis textos, y eso sí que no.
Porque yo estimo en mucho más valor la mayor de mis sentidas tontunas que un breviarios abreviado de las breverías de la cultura intemporal. Lo intemporal dura tanto que dura poco, es una vez más, breve.
Y mi presunción es que yo duraré, aunque muera en mi propio acto de fe, aunque mi cadáver carbonizado se lleve por delante mis escritos, o viceversa, algo quedará.
Y tampoco será esto. Porque este servidos se apagará. Y con él, morirán todos los recuerdos de más de un replicante que escribe en La Coctelera.
Yo seré ya polvo de bits. Una rotunda nada si no fuera por algo que, en mi juventud, dejé escrito en un lugar seguro.
Escrito, inscrito, perenne.
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Porque de todos es sabido que las pintadas guarras y filosóficas de las paredes de los lavabos no se limpian nunca.
Y así es como la presunción de eternidad se preserva y se cumple.
Así la fe en algo duradero, en algo que no vuelve a ser polvo, se preserva.
Así es como debe ser.