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La Coctelera

Anti Radiadores

No hay más que mirar alrededor, todo nevado.
Negar que el frío está por todas partes, en todas las calles de Madrid, sería negar lo evidente. Y negar lo evidente es sólo una forma divertida de pasar el rato sin hacer nada útil, pero no es el objeto de estos párrafos.

Este texto tiene su razón de ser justo en lo contrario, en señalar la excepción, o la diferencia, o el detalle llamativo en un entorno en que todo alrededor parece blanco, y frío, sin más matices.
Pero lo cierto es que hay calles menos blancas, y más frías. Zonas enteras. Una pena.

E igual de cierto -que todos lo sabemos- que el Sol calienta mucho más cuando nos ilumina en un día de invierno, en un día helado sus rayos nos llegan y reconfortan como nunca, y recuerdan que sigue siendo posible la primavera, y hasta el verano...
de igual manera es verdad lo siguiente: hay calles en las que al frío del ambiente, se les suma el frío de la gente. Los pijos irradian frío. Son antirradiadores humanos, entrando y saliendo de tiendas en donde predominan las pieles, los verdes, lo osos de Tous, los dorados. Fríos como cadáveres. Rancios como cadáveres que debieron haberse podrido, y podrido sus costumbres, muchos años ha. Adoptan muchas formas, pero se les identifica fácilmente por eso: su entidad humana y su calor corporal se aproximan a gran velocidad al cero absoluto.

Por eso, estos días, al cruzar el umbral... al separarme de la calle Serrano, tras cruzar el erial de la plaza de Colón sin mirar atrás y esquivar las sombras ondeantes de su monstruosa bandera, puedo pararme por fin, junto a la Biblioteca Nacional por ejemplo, y elevar el rostro, y elevarme, recibir el calor solar, por fin, en los músculos de la cara, que se relajan así para luego poder componerse bien, en ese delicado y hermoso equilibrio que, hasta en los rostros peores, siempre es una sonrisa. Una sonrisa que irradia tranquilidad y bienestar, calor.
Porque no, ninguno de los vivos, de nosotros, estamos hechos con frío.

The snow...

...is falling
falling
falling
tomorrow morning
this evening
afternoon
tonight...
again and again
.

¡Pero qué bien! :-D

Tres líneas

No es siempre hasta entonces. Ni en todo tiempo a partir de...

Si es siempre, es siempre sin principio ni final.

El tiempo es todo el mismo; sin interrupción y con vértigo.

Todo lo que siempre quiso saber sobre la cultura y con buen criterio decidió evitar preguntar

La cultura, la propia, acaba en forma de polvo. Se pierde, salvo quizá lo que queda escrito, que se pierde también, pero más lentamente.
O de golpe todo, si a uno lo plantan en lo alto de una pira funeraria hecha con los propios manuscritos. O si uno se queda debajo, dormido y las hojas prenden, alguien las prende. Siempre es alguien el que enciende y lanza la cerilla o el aún menos romántico mechero.

***

Cuando estaba durmiendo, el otro día precisamente, hecho un ovillo en el suelo, se me cayó de golpe todo el desorden de anotaciones encima. Quedé sepultado por mis propias incoherencias, mi propia línea narrativa pormenorizada pero sólo a saltos, mi tremebunda cantidad de árboles cortados para qué...
Y claro, alguien pensó que aquello era una pila, que había que darle fuego lo antes posible. Menos mal que dejé ya hace tiempo el feo vicio, que el humo ahora me molesta como ninguna otra cosa. Me molesta más una hermanita de la caridad fumando al lado que el mismísimo Ruíz Gallardón perorando mientras se corta las uñas de los pies en un día de viento. Así es.
El humo me despertó, pues, y por eso me libré, por muy muy poco. Podría haber ardido, podría haberme quemado con mi propia biblioteca, con mi propia obra incluida en, mezclada entre, extraviada por mitades so, sobre, para, según, si -o incluso ante, cabe, con, contra- las obras de otros, obras buenas, alguna mala claro. Una muerte así ¿es lo que nos espera? Dice algún genio que sí.
A mi todo esto me huele un poco a chamusquina.

La obra mata al artista. A mi escribir esto me está empezando a matar de sueño. Menos mal que, como a la vez estoy matando en el futuro al lector, de aburrimiento, me estoy vengando un poco de quien no tiene culpa, que es lo que suele pasar.
Claro que con los textos subidos a la red, almacenados en lugares que sólo son hipotéticamente físicos, en memorias infinitamente menos físicas que virtuales, con esos textos no hay quien cubra un cuerpo, no hay cuerpo que se aúpe en una pila de bits.
Pero siempre puede uno electrocutarse con el enchufe, con un cable suelto, al conectar a la red eléctrica la criminal computadora ¿no?

***

Estaba antes leyendo el boletín de libros de ocasión que me mandan de la Librería Praga de Granada, por mediación de una querida amiga, gran librera y mejor escritora.
Es un catálogo en papel que da gusto leer entero. Bueno, a mi me da gusto.
Un montón de nombres, cifras. Apellidos y nombres de autores, de colecciones; títulos y números de páginas; precios y anotaciones sobre el estado.

Uno de los libros que este mes de diciembre es uno al que me he resistido. Que me han recomendado, que me han querido regalar. Que probablemente esté bien, no sé.
Es un compendio de toda la cultura -occidental, supongo-, de todos los libros que hay que leer, de todo lo que hay que conocer, no sé si para ganar al Trivial, para presumir, para impresionar y ligar -aunque así seguro que se impresiona lo justo y se liga mucho menos que con un amoto en condiciones-, para creerse que la muerte por abrasión nos llega tras una vida plena, para servir de trampolín a mayores y más profundos conocimientos. O, de una vez por todas, para qué.

Son 557 páginas. Que no son pocas. Pero sí lo son, sobre todo para contener "todo lo que hay que saber".

***

Me he dado cuenta de que si no quiero tener un libro así en mi biblioteca no es sino por una razón muy papanatas, muy estúpida, tan estúpida que brilla; tan brillante (se cree) que es completamente imbécil. Mi razón, mi motivo, se cree el Sol mismo.
Y no lo es.

Es simplemente algo tan presuntuoso que merece quedar escrito.

Es que pienso que, con un libro tan liviano, no quiero compartir pira. Porque pienso que arderá presto, casi en combustión abrasadora y al instante, inmediata y total, absoluta. Y me llevará con él. Al absoluto final.
No: no me daría tiempo a oler el humo, ni a salir corriendo de debajo de la hoguera, a escapar sin más huella que, quizá, una tonsura de por vida, precio bajo que pagar, hasta distintivo ilustre, salvo para ligar. Aunque ya hemos quedado que con el sacerdocio de los libros, ligar ligar, se liga poco.

Si el libro de Schwanitz me acompañara en el montón de papeles, me acompañaría al polvo, al polvo definitivo, al olvido completo y veloz.
Y se llevaría consigo y conmigo todo, mis papeles, mis textos, y eso sí que no.
Porque yo estimo en mucho más valor la mayor de mis sentidas tontunas que un breviarios abreviado de las breverías de la cultura intemporal. Lo intemporal dura tanto que dura poco, es una vez más, breve.
Y mi presunción es que yo duraré, aunque muera en mi propio acto de fe, aunque mi cadáver carbonizado se lleve por delante mis escritos, o viceversa, algo quedará.

Y tampoco será esto. Porque este servidos se apagará. Y con él, morirán todos los recuerdos de más de un replicante que escribe en La Coctelera.
Yo seré ya polvo de bits. Una rotunda nada si no fuera por algo que, en mi juventud, dejé escrito en un lugar seguro.
Escrito, inscrito, perenne.

***

Porque de todos es sabido que las pintadas guarras y filosóficas de las paredes de los lavabos no se limpian nunca.

Y así es como la presunción de eternidad se preserva y se cumple.
Así la fe en algo duradero, en algo que no vuelve a ser polvo, se preserva.
Así es como debe ser.

Es hora de volverse azul

Casi se pasa un mes sin entrada. Pero no, aquí está.
Y total ¿para qué?

Para mucho. Para dejar constancia que el otoño anda juguetón. Los días amanecen todo lo limpios que se puede (en Madrid), con un aire frío en el que, las pequeñas e inevitables partículas que flotan, lo hacen llenas de brillos, de irisaciones transparentes, y dando vueltas sobre sí mismas como en un movimiento de rotación un poco descompensado: lo justo para que las elipses, que lo son por milímetros en la curvatura, que describen sobre sí mismas las transporten, poco a poco, hasta el confín del mundo conocido.
Luego, al mediodía, ya hace más calor.
Y por la tarde, por la noche -a las seis de la tarde ya es casi de noche, y a las seis y media ya es noche completa-, vuelve a refrescar. De madrugada hace mucho frío.

Esta madrugada me quedo escribiendo, preparando las pregunta de una entrevista. Antes con este texto que es para coger carrerilla, para que quede claro que estamos disfrutando de un otoño maravilloso, que sólo falta que llueva un poco más.
Que yo estoy muy feliz y que, el que todo esto quede escrito, no es sino prueba de ello.
Que es la una y cuarto (casi) de esta fría madrugada y, no más tarde, ni tampoco antes, ahora es...

Es hora de volverse azul.

Sábado surtido

Buenos días. Es sábado por la mañana. Ya no podía esperar más. Tenía que elevar mi voz, a riesgo, caso contrario, de hacerla callar para siempre. Es decir: me he puesto rojo y me ardían las mejillas, he titubeado al pulsar la parte anterior izquierda del ratón. Pero sí, lo hice; ya está hecho. He colgado una canción en la que se oye mi voz.

***

Lo explico todo -más o menos- en mi primer blog de Myspace. Lo copio y lo pego a continuación.

El otro día me escribía con uno de los amigos más valiosos que he hecho por Myspace y hablábamos tangencialmente de las cosas "que dan cosa", de lo que abochorna, avergüenza, da pudor y estalla, rojo, en las mejillas. Él, que es amigo de las navajas, cuyas canciones suenan brillante -siempre- y que sabe cantar maravillosamente, puede poner palabras, y voz, a lo que quiera y siempre será estupendo. Pero yo, todo lo contrario. Lo paso tan tan tan tan mal escuchándome... Así que decidí que, si había que adentrarse, indómito, en la semana del no-pudor, me meta sería terminarla con una canción colgada en la que se escuchase mi voz. Ahí está. Pido perdón a todos los que, generosamente, o quizá por puro despiste, acaben transitando este espacio y que, al oírla, tengan que salir huyendo despavoridos. Pero tenía que hacerlo. Tenía que subir un tema con mi voz, oh horror, mi voz hablando más que cantando, grabada como San Agustín me dio a entender, esto es, con mucho amor, pero así a mogollón. Luego la he hecho rebotar, reverberar, la he procurado deformar tanto como he podido; la he dejado en cierto segundo plano, que no se entienda del todo. He hecho lo que he podido. Y he hecho lo debido: si no hubiese dado este paso, podría seguir sin atreverme a terminar -si es que la muestra reciente es un tema terminado-, no atreverme nunca a dar por concluida una canción con mi timbre y tono grabados a fuego. En fin, como doble disculpa y resumen: tenía que hacerlo y, puede, encontraré nuevas vocas más adelante, y la mía se irá... A mayor abundamiento -de las excusas- he tratado de acompañar el ruído con el silencio. O todo lo contrario. Que he subido otro tema a la vez, quiero decir. Uno de guitarras cruzadas sobre un ritmo machacón que, espero, guste a alguien. En él, al menos, me callo. Para hacer todo eso, además, he tenido que quitar una canción de las antiguas. Que me ha dado mucha pena, sí. Pero eso es otra historia. ¡Besos!

La canción se puede escuchar al abrir mi espacio otoñal y madileño-berlinés. He añadido otra, como cuento arriba, al mismo tiempo. Guitarrera. Psicodélica. Instrumental. Casi mejor ¿no?

***

Por cierto, para terminar el sábado, propongo un plan. El que se detalla en el siguiente cartel cartelón -o extra-flyer, quizá-, obra de mi amiga María, cómo no. :-) ¡Veniiirrrseee!

Peligro(!)

Estos días, mientras paseo, durante la pausa para comer o ya por la tarde, al salir de la oficina, la canción que más escucho es una de The Sound of Arrows, la que se llama 'Danger!' Excelente lo que ha publicado hasta ahora este simpático dúo sueco, tanto conjuntamente, como por separado en otros proyectos musicales.

De hecho, esa canción, tan absolutamente pop como emotiva y, al tiempo, vigorosa, convenció con su desarrollo, con su melodía perfecta desde el principio y creciente a medida que las estrofas pasan, convenció a todos los que no la conocían, que eran mayoría, en la última pinchada hasta la fecha, que fue el pasado día 10 en un sitio nuevo para mi a los platos, el Independance Club.
Fue todo muy bien allí, la sesión, la noche alargándose hasta por la mañana y, sobre todo, tres satisfacciones muy grandes: la cantidad de amigos que vinieron, que los que llevan el club hayan decidido volver a contar conmigo en el futuro y, también, que esa canción que comenzó siendo una desconocida para casi todos, al final, todos la quisiesen, la hiciesen suya y se acercasen a mi, a preguntarme por ella, para llevársela a casa -resonando en los oídos- y luego comprarla, o bajarla gratis, que para eso los autores la regalan.

Compartir lo que a uno más le gusta, y ver que gusta a los demás, es una gran gran alegría.

***

Estos días, cuando camino por la calle, por los alrededores de mi oficina, como siempre... procuro desvariar; abonar el pensamiento dislocado y, en la medida de lo posible, vagar mi cabeza lo máximo que sea yo capaz, por el placentero mundo de las cosas que no son, pero que muy bien podrían ser. Los problemas ocultos con soluciones imaginarias. El rojo que, además de rojo, es verde, es azul, es amarillo, es gris y es color tierra -o color caca, según se mire-. El mundo en el que todos podríamos volar y en el que, con los pies en la tierra, cualquier ser puede haberse mezclado con cualquier otro y, sí, a su vez ser producto de otra ignota mezcla. Y así.
Ya pondré ejemplos.

Lo importante es pasear a buen ritmo, tener la mente despejada y, aunque uno de el paseo solo, no sentirse solo.
Sólo no aburrirse, sólo no sentirse solo, eso es lo importante.

***

En esos días de paseo errabundo, o decidido y con destino, pero siempre atentamente despistado, hay golpes que a uno lo bajan de su nube sonriente: un coche que, haciendo el cafre, casi atropella a un peatón que iba por la acera; un mendigo, pobre de solemnidad; una frutería que vende los tomates bastante más caros que la heroína y que, sin duda, la fruta que surte a la Casa Real, será regalada, y pagado por tanto -y a escote- por el resto de los que compren en dicha frutería verdulería.

El peor de esos golpes, o bocados que la realidad nos mete, ha sido el que, para bien, ha hecho que retome los versos y que, a través de eso, vuelva al blog.
Pensaba abrir otro, sólo de poemas, y quizá lo haga. Me lo llevaría más o menos lejos, para evitar los parabienes y también las servidumbre de la siempre bienamada comunidad bloguera coctelera. Pero, de momento, no lo he hecho.
Así que, señoras, señores, señoritas y señoritos, ahí voy... aquí voy.

***

-Peligro!-

Hoy me he fijado
hace tiempo que lo veo
los hombres con traje
que antes parecían viejos
ya visten caras, ahora
de mi misma edad.

No me ha quedado más remedio
-antes de que sea
demasiado tarde-
debo recuperar la poesía.

***

Lo he pensado. He llegado a la oficina. Lo he escrito.
Ahora lo he transcrito, cambiándolo muy poco.
Es válido como pulsión; espero que a alguien le llegue, y le guste como poema.

Aquel fue un buen mediodía: me gasté unos euros, anduve, boquee un momento frente a la realidad y, con cierto esfuerzo, me recompuse. ¿Demasiado? Quizá. Pero es que, a la vez -que no a cambio- conseguí comida rica, salud, porvenir y poesía.

¡Bien!

lapidario 2.0

¡Que el título no llame a engaño! Ya me imagino la conmoción que habrá provocado. Una multitud sobresaltada, esperando algo nuevo, un nuevo entorno, gráficos de campanillas alrededor de las letras, letras lúcidamente unidas y ordenadas.

Todo lo acostumbrado, pero mejor.

En fin, igual no hay para tanto. Pero hay algo cierto, sí: retomo el blog.

¡Bienvenid@s!